La Influencia Del Hogar

Todas las personas en el mundo han sido influenciadas por las normas o la forma de ser de su hogar. Esta influencia a veces trasciende de generación en generación. La forma de hablar, de comer, de pensar y otras muchas son impuestas por nuestros padres, abuelos y hasta los abuelos de nuestros abuelos.

Por ejemplo, si le preguntamos a algún gobernante o personaje importante de nuestros días, de donde obtuvo sus firmes convicciones y principios de su carácter, seguro que contestaría que fueron herencia de familia. Alguien en su familia fue clave para que pudiera alcanzar u obtener los logros adquiridos. Ejemplos como estos abundan en la historia.

La madre del piadoso Agustín le enseñó una oración que luego él recitaba con mucha elocuencia en sus oratorias. George Washington, el primer Presidente de los Estados Unidos fue guiado por pensamientos cuyos orígenes radicaban en las oraciones familiares que hacían a diario en casa.

John Quince Adams, quien dictara con tanta firmeza las leyes de la nación de Norte América, y quien causara que esta nación tuviera un despertar a la espiritualidad, repetía cuando oraba la oración que de niño le enseñó su madre.

Y es que todo principio bueno o malo que regirá la vida de un individuo es enseñado en el hogar. Es allí donde los padres tienen el poder de formar futuros líderes del mundo, y donde los niños asimilan toda norma y enseñanza que guiará sus vidas.

Por ello el salmista muy sabiamente expresó: “He aquí, herencia de Jehová son los hijos, cosa de estima el fruto del vientre. Como saetas en manos del valiente así son los hijos habidos en la juventud. Bienaventurado el hombre que llenó su aljaba de ellos. No será avergonzado cuando hablare con los enemigos en la puerta.” Salmo 127:3-5

Dice como saetas en manos del valiente, bien dirigidos, seguros y con objetivos claros, con firmes convicciones, con un destino glorioso, así serán todos aquellos hijos que han sido bien educados y enseñados por sus padres.

El hogar es una institución divina que necesita con urgencia la participación de Dios. El es el que le da el poder a los padres para cumplir con la misión divina de velar por el bienestar de sus miembros, pues ellos son los que sostienen física, moral y espiritualmente a los hijos, pues están diseñados para ello.

Pero, ¿cuántos padres hay hoy día que delegan esta formación de los hijos a instituciones “especializadas” simplemente para poder ocuparse en asuntos meramente sociales? Hoy día hay miles de guarderías o colegios que reciben a niños desde meses hasta 1 ó dos años y los cuidan por casi 8 horas diarias.

¿Puedes imaginarte cómo están creciendo estas nuevas generaciones? ¿Qué estarán aprendiendo? Es como si plantáramos nuevas plantas en un jardín y no las abonáramos ni les diéramos el agua necesaria para crecer sanamente.

Sin embargo, ¿quién es la persona que tiene el don natural para nutrir y enseñar a estos futuros hombres y mujeres que regirán el mundo? ¿De quién depende que diariamente sean bendecidos con firmes creencias, o expuestos al abuso y al peligro? ¿Quién está como vigilante viendo que sean guiados al bien o al mal? ¿Quién pasa más de su tiempo al lado de estos pequeños que absorben toda enseñanza que se les transmite? Todos estaremos de acuerdo al admitir que es la madre.

Es ella la que desde el vientre le hace sentir al bebé que es aceptado o rechazado. Es ella que con sus oraciones al Padre, hace que le lluevan bendiciones a los hijos y crea por su devoción a ellos, un sentimiento santo que inspira respeto y admiración. Es ella la que enseña a la hija a ser una mujer sabia y al hijo a comportarse como un varón responsable y respetuoso a la autoridad. Ella pone el sello a sus hijos. Es ella la que tiene una vocación natural y divina para enseñarles y conducirles al éxito o al fracaso.

Debemos saber que aunque ella lo desee o no, lo sepa hacer o no, sigue siendo una maestra para sus hijos.

El Dr. Cunning dijo: “Generalmente cuando hay una Sara en el hogar habrá un Isaac en la cuna y cuando hay una Eunice enseñándole a un Timoteo las Escrituras desde niño, habrá un gran ministro enseñándole el Evangelio al mundo”

Napoleón sabiendo esto afirmó: “Lo que Francia necesita son buenas madres y con ello no aseguraremos que Francia tendrá buenos hijos”

Por lo tanto es de vital importancia que toda mujer y madre, asuma la responsabilidad de enseñarle a sus hijos los buenos principios y normas para que estos pequeños sean hombres y mujeres que influyan en el futuro, sobre el mundo en que viven de una manera positiva, siendo luz y llevando luz a todo los que la necesiten.

Pero, ¿cuáles son estos principios y normas? Son los principios y normas que Jesucristo vino a enseñarnos y por los cuales murió.

Hay muchas batallas espirituales que se deben de ganar, y para ello los padres necesitamos estar cerca de Dios y caminar firmemente por la vida cristiana.

No podremos enseñarles a otros lo que no hayamos vivido antes, y haya sido una realidad en nuestra vida. Es una responsabilidad de tiempo completo, pues no es posible que los niños reciban su entrenamiento o su enseñanza cristiana por una o dos horas semanalmente, y que esto sea suficiente para que los pequeños los asimilen y practiquen.

No tratemos de calmar nuestra conciencia de esta manera y creer que con esto ya cumplimos o estamos cumpliendo con la responsabilidad que se nos ha otorgado como padres.

No podremos ver buenos frutos sin antes trabajar la tierra, sembrarla, abonarla y regarla con nuestra propia vida. Y no les reclamemos en el futuro a nuestros hijos el que no sean buenos hombres y mujeres, si no hemos dado lo mejor de nuestra vida a ellos.

La Biblia nos da un patrón para enseñar y discipular a nuestros hijos en el camino de Dios. Nos llama a que día a día seamos diligentes en enseñar y es aquí donde la madre juega un papel sumamente importante.

“Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón;
y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas.” ( Deut. 6:5-9)

Mujeres, somos nosotras las que pasamos más tiempo al lado de nuestros hijos; debemos de tomar la decisión de influir en ellos y enseñarles creativamente la Palabra y la verdad de Dios.

No permitamos que el tiempo que pasamos al lado de nuestros pequeños, sea solo para entretenerlos, cuidarlos, o simplemente jugar con ellos. No creamos que el enseñarles a ser buenos individuos o ciudadanos depende de los maestros de la escuela, o de los pastores de alguna iglesia.

Es nuestra oportunidad en la vida para poder hacer de este mundo, un mundo de esperanza, pues vendrá el tiempo en que estos pequeños puedan influir y hasta darle un giro favorable a la humanidad.

Los años pasan con mucha rapidez, y el tiempo que tenemos para ellos es breve. Aprovechémoslo utilizándolo con responsabilidad y con gozo, pues haciéndolo, no solo dará fruto en nuestras vidas, sino en todos aquellos lugares a donde ellos vayan.

No permitamos que Satanás nos haga sentir que estamos desperdiciando nuestras vidas estando en el hogar, o que simplemente estamos privándonos de algo muy importante por estar al lado de nuestros hijos pequeños.

¡Somos importantes en casa! No queramos proveerles muchas cosas materiales, sino anhelemos proveerles cosas espirituales que duran para siempre, porque aunque ellos tengan pocas cosas, tienen lo mejor al tenernos con ellos diariamente, lo que les dará seguridad.

El entrenar y enseñar a los hijos es comparado con afilar un cuchillo, es un proceso que requiere diligencia. El hombre que afila este instrumento lo hace una y otra vez hasta que tiene el filo suficiente para realizar una tarea. Así debemos de enseñarles hasta que estemos seguras que aprendieron la lección para la tarea que Dios les asigne.

Instruyamos al niño en los caminos de Dios y permitámosles conocer a Jesús personalmente y mantener la llenura del Espíritu Santo.

Proverbio 22:6 “Instruye al niño en su camino, y aún cuando fuere viejo no se apartará de él”