Por Qué Hay Que Interceder?

Cuando Dios creó al mundo lo hizo todo perfecto y bueno y lo dio a Adán y a Eva en posesión, con la sola limitación de no comer de la fruta prohibida (Génesis 2:16-17). Satanás, que ya existía como el ángel caído por haber pretendido ser como Dios (Ezequiel 28:1-19), estaba desde entonces rondando para destruir Su Obra y tomando la forma de una serpiente tentó a Eva a comer la fruta prohibida; ella se la dio a Adán y él con ese acto no sólo traicionó la confianza de Dios desobedeciéndolo, sino que entregó al dominio de Satanás lo que le pertenecía: el mundo (2 Cor. 4:4). El diablo y sus huestes de espíritus malignos viven en lo que corresponde al mundo: las regiones celestes (Efesios 6:12). El es el príncipe de la potestad del aire (Efesios 2:2), el gobernador de las tinieblas de este siglo (Efesios 6:12).

2ª de Cor. 4:4
“En los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del Evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios”

Efesios 2:2
“en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia”

Efesios 6:12
“Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.”

Mientras Dios tuvo potestad absoluta sobre el hombre, le concedió todo, sin que éste tuviera necesidad de pedirlo. Pero desde que el hombre fue engañado por Satanás, Dios ya no puede darle nada libremente excepto que el hombre se lo pida porque El es respetuoso de la decisión del hombre, de su libre albedrío.

Dios lo que hizo por la humanidad fue proveernos un intercesor, un Sumo Sacerdote, Nuestro Señor Jesucristo. La voluntad de Dios para el mundo fue proveer de un Salvador para que el hombre obtenga lo que le pertenece: salud, libertad, prosperidad y paz.

Para esto es la oración, para pedirle a Dios lo que nos pertenece, pero tiene que ser conforme a Su Palabra como Él nos enseña en la Biblia (Juan 14:13-14; 16:23-24). Entonces Dios responde. “Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo” “En aquel día no me preguntaréis nada. De cierto, de cierto os digo, que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido”

Sin embargo, la batalla de Satanás y sus huestes por retener lo que no les pertenece continúa y en su afán de evitar que el hombre reciba las bendiciones de Dios, como ellos dominan y operan en ese espacio denominado regiones celestes, atrapan la respuesta de Dios y la retienen, para engañarnos y hacernos creer que Dios no contesta, que no nos oye, para que continuemos derrotados por la maldición de la desobediencia de Adán.

Esto quiere decir, que desde el primer día que Daniel oró (conforme a la Palabra de Dios, no como él quería), su oración fue oída pero Satanás con sus huestes luchando en esas regiones celestes que le pertenecen y que nos rodean, impidió, se opuso durante veintiún días a que esa respuesta le llegara, hasta que un ángel vino para ayudarle…

Cuando al orar conforme a la Palabra de Dios la respuesta no nos llega inmediatamente no quiere decir que Dios no nos oye o no quiera contestarnos. El envía su respuesta pero puede llegar a ser retenida, obstaculizada en las regiones celestes.

¿Cómo hacer para que llegue? Destruyendo esas fortalezas de las tinieblas, arrebatándolas, batallando contra esos principados, gobernadores y huestes espirituales del maldad en esas regiones celestes, por medio de alabanza, la Palabra de Dios y la intercesión por otras personas y naciones, a través del Espíritu Santo; de acuerdo al corazón de Dios,

La clave de esa situación fue la actitud de Daniel como intercesor que hizo que las cosas sucedieran a través de su oración ferviente y perseverante, su intercesión.

Para la batalla espiritual que vivimos diariamente nosotros tenemos las armas de Dios, que no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas”. Los poderes contra los que luchamos son fortalezas de Satanás y aquí es donde la intercesión es el arma más poderosa, pues el mismo Espíritu Santo intercede por nosotros con gemidos indecibles.